martes, 14 de octubre de 2014

Bosque de pino (con colaboración de Gonzalo Mariñas).

Me miro a mí mismo y observo riquezas,
prendas viejas, barba bien arreglada.
Dos joyas por ojeras reflejan apariencia
de persona que aprecia lo que tiene.

Y realmente lo refleja. Mi barba mesada lo refleja.
Mis ropas son perfectas. Para mí.
Mis joyas son mi lastre. Orgulloso orgullo.
Esa cosa que siento cuando miro al pasado, no me arrepiento de nada.
Estoy cómodo. Ojeras que he desarrollado para mi causa.

Traspuesto constante, ojos cansados.
A solas pesan más los logros que los años.
Semblante tibio, aún con los cristales empañados
que poco a poco me alejaron de mi primera realidad.

La gente me admira, me ve a mí y a mis logros.
De repente veo a mi mujer, la admiro y me sonríe.
Campanas resuenan en mi mente. Admiro la fuerza de mi visión.
Vuelvo a verme en el espejo.

Las campanas se doblan a los lejos.
¿Yo? Sonrío con la tarea resuelta, bien arreglada;
es duro pero duele más un beso que perder el cielo
por un descuido en mi trabajo.

Admiro el firmamento y me abro paso con mis recuerdos y mis penas.
Mi vida. Toda ella. Las campanas se doblan a lo lejos, hacia arriba.
Miro y veo pinos enmarcados en el cielo.
Vuelvo a casa con mi amada y ella me sonríe. En el espejo una foto mía.
Ella la besa y yo me abrazo a ella. A mis logros canto ahora solo. Mi vida entera.

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