viernes, 3 de octubre de 2014

El tren de los hombres ciegos (con colaboración de mi gran amigo Gonzalo Mariñas)


Llego a una estación en donde hay un antro. Aún resuenan las voces del revisor anunciando esta parada, la última.
La estación se torna tranquila, los hombres miran una densa niebla que puebla en sus pies y que se adentra en el antro.
El sonido de un piano desafinado, con polvo.
Entro, distante, miro hacia la barra, busco el piano y lo encuentro. Nadie lo toca. Nadie bebe nada. Nadie come nada.
Todos hombres, miradas vacías, pesadumbre en sus andares. Miro mi vaso medio vacío. Hombres. Sus zapatos desgastados.
Alguien se mueve y abre la tapa del piano. Nadie mira. Nadie escucha. El hombre cierra de nuevo la tapa.
El ambiente es mas denso a altas horas de la noche, por el silencio. El hombre anterior retoma su posición. Pasado un par de minutos pido otra copa. Esta vez sin vergüenza.
Falta poco para amanecer. Pago la cuenta, me acerco al piano y lo desnudo, pero me abstengo de hacer pedazos el silencio.
Era la primera vez que había entrado allí, ya salgo, ya salgo. Solo atravesando un par de calles estoy en mi casa. Abro la puerta. Hace rato que dejé de escuchar el piano, y mis zapatos están ahora un poco más viejos.
Duermo y vuelvo a escuchar el piano, no noto el polvo esta vez, noto el pesar de los hombres. Sacuden sus ojos al compás del piano. Despierto. Incrédulo del sonido, me levanto da la cama y al poner mi pie en el suelo, estoy de nuevo en el tren.
A rebosar. Nadie mira a nadie. Al fondo alguien me sonríe. Es bella. Me atrae. Voy hacia ella. Es bella, cada vez más. Dos vagones, los atravieso. Llego a ella. Es bella. La beso y me sonríe, llora entonces. Me vuelvo sobre mí y todos los hombres me miran. Fijamente. El tren se para. Es la misma estación. Se vuelve a escuchar el sonido del piano, esta vez con más polvo que nunca.

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