sábado, 4 de octubre de 2014

La muerte del día.

La luz de día se desvaneció,
se desvaneció por la tarde,
sin más,
ahora es todo negro en su ocupación.

La gente se estremece, ni siquiera la luna asoma.
Es todo negro, la urbe se apresura a encender los candiles,
hay mucha confusión entre las personas.
Los animales quedan extrañados y caminan sin sentido.

Las aves vuelan escandalizadas y chocan contra los muros de piedra.
Los ciegos quedan también raros, pasean buscando al bromista pero no son los únicos,
no sólo los ciegos.

Los beodos aún no lo están.
Las tabernas aún no están abiertas a ellos, no es la hora.

Las damas de burdel salen a la calle escandalizadas,
pero esta vez no para cumplir su labor de amantes pagadas.

Cuervos revolotean por la necrópolis del día.
Las madres recogen a sus hijos por miedo a la noche,
pero no son más de las ocho de la tarde de un día de verano, aún debería haber luz.
Por alguna oscura razón,
la penumbra se cierne sin permiso de la humanidad,
estos quedan expectantes. La luz se desvaneció por completo.

¿Acaso alguien había apagado la radiante luz del sol?
¿Quién quiere la noche perpetua para sus iguales? Ni siquiera Dios permitiría esto.
Olor a jazmín y a rosas invade la ciudad en penumbra, ahora iluminada por luces artificiales y candiles de aceite.

Las horas pasan y de nuevo, las luces se callan,
esta vez las artificiales,
las prendidas por personas.
De repente, los intentos por encenderlas quedan en vano,
las voces retumban a raudales y los gritos hacen temblar las manos,
todos hermanados sin visión ninguna.
¡Castigo divino de nuestro Dios por nuestros pecados!
¡Se acerca el juicio final y la gente enloquece,
se atacan entre ellos sin visión ninguna!

Cuando la luna asoma,
la luz que emite es aire fresco tras un incendio,
la gente ve el desastre de sus nuevos crímenes,
han caído en la peor de las fortunas.
Suicidios en masa acompañan los llantos de las damas,
el mundo corre bajo las estrellas y la nueva luz, muy tenue,
agita las mentes y agita las ramas.

Una nueva luz emana de entre las montañas y se sitúa cerca del pueblo,
se hacen círculos humanos para contemplarla,
los heraldos emergen de la sierra,
su misiva va a ser anunciada.

¡Humanos que sois capaces de destruiros,
no sois agradecidos con la luz y la primavera,
las flores y los árboles lloran y han decidido abandonaros!
¡Ahora lloraréis su pérdida y la del sol,
nunca más veréis la luz del Sol porque no la apreciáis!

¡El aire os odia!
¡La mar os odia!
¡El día os odia y os abandona!
Quedaréis privados del Sol y de cualquier luz para que aprendáis a ser personas.

Entonces los heraldos alados se fueron.
Ahora todo el pueblo espera la noche, para así ver la luna y esperar la llegada de algún heraldo, que nunca llega, para que les diga, que ya son personas.

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