jueves, 9 de octubre de 2014

Pudimos; podemos; podríamos; Pudriéndonos... (con colaboración de Gonzalo Mariñas)

Juntos podríamos
haber conspirado contra toda queja.
Contando los días,
estos ideales son extorsionados por la pereza.
La cantidad de interrogatorios a mi memoria,
es comparable a la cantidad de cervezas ingeridas
por un alcohólico antes de desmayarse. Cantidad ingente,
pero insignificante frente a mis quejas de ahora, del momento.

Podemos hacer como si nada hubiera pasado, te podría invitar a otra copa
y no pasaría nada, beber en ti como haré y seguiré haciendo, como si nada,
dejarlo y poder dejar, dejar y poder. Todo.

Caminando por ciudades bellas, podríamos buscar lo horrendo en dichas urbes
y dejarnos llevar por lo grotesco, lo esotérico y lo romántico.
Alquimia vendida, que tú me vendiste, a mí, y que ahora bebo para verlo todo más oscuro, porque la claridad me molesta. No me gusta. La odio.

¡Y no hace falta ir tan lejos!
Por ciudad pasa aquella barra de bar en la que te conocía a dos mesas de distancia.
Tú en penumbra.
Yo cada vez más cómodo de verte rodeada de sombras.
Yo abandonado en multitud y admirándote con mi cerveza. ¡Solo!

Puedo ahora mirar aquella noche con más claridad entre las sombras.
Pude apreciar tu necesidad, un instinto único que te obligaba a convertirte
en una estatua. Cualquier hombre podía invitarte a una copa y rehilar
tus descosidos, porque por dentro estabas podrida,
lo que me daba a pensar el tiempo que podría pasar entre tus costuras...

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