martes, 30 de diciembre de 2014

Las dolientes.

Se esconden vidas y cenefas bajo estas, que iracundas vuelan por encima de sus cabezas.
Iracundas y adornadas con esas flores que tanto gustan y que poco acompañan; visitan el cielo , quiebran huesos y determinan lágrimas.
El pie que camina recto junto a ellas, se ve manchado por el color nervioso de su azulejo bello y estrecho. Junto a la pared que lastima aquello que sujeta, aquello que cuelga de los clavos. Los clavos ríen joviales tras la migraña del clavo que los sujeta, el clavo que no habla pero que se queja vivamente del peso que alberga.

Una mano limpia, una condena súbita entre cemento y ladrillo. Un conjuro autoritario que une la cenefa al cuadro y al clavo, hundidos en la misma pared. Arsenal de vida cocida, deslumbrada por la pintura, deslumbrada por manchas de niños y mayores.
Testigo del tiempo. Testigo del amor que se consuma apasionadamente. A vista de pájaro o a vista de cucaracha. Cobijo de recuerdos que es mejor no rememorar. Apoyo de pianos y de camas olvidadas durante el día y soñadas por la noche. Soñadas por el durmiente o el amante. Cuadros joviales, cenefas y rosas, clavo...

El pie recto y la mano limpia... bajo la mirada del tiempo.

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